CRÓNICAS DE UM LUSITANO INTERIOR NA ÁLBION
Tradición
y modernismo en la Iglesia
por Rafael
Castela Santos
La
misma esencia de la Iglesia reclama que no haya solución de
continuidad entre Jesucristo, Nuestro Señor y Salvador, y
nuestros días. Así pues aquellos que se autodenominan
“cristianos”, pero que rompieron esa continuidad, no pueden ser
parte de la Iglesia. Ni luteranos, ni calvinistas, ni metodistas ni
cualesquiera sectas protestantes son partes de la Iglesia, por más
que ellos reclamen serlo.
La
Iglesia Católica no sólo tiene 2000 años de
existencia real y efectiva. De hecho tiene 6000 porque todas las
Profecías veterotestamentarias se cumplen en Cristo. Todo el
judaísmo está abocado hacia Cristo, lo quieran
reconocer los judíos o no. De facto el judaísmo moderno
para poder sobrevivir tiene que beber mucho más en el Talmud
que en el Pentateuco. Talmud, no olvidemos, que es posterior a
Cristo. Como muchos teólogos han reconocido a lo largo de la
historia el nuevo y vero Israel –el pueblo escogido- es la Iglesia
Católica. En un maravilloso libro titulado How Jesus Christ
said the First Mass se explica cómo la institución
de la Eucaristía y de la Santa Misa en la Ultima Cena hunde
sus raíces profundamente en la Historia Sagrada del Antiguo
Testamento. Muchos acontecimientos pretéritos no son sino
prefiguraciones de la tercera y definitiva Revelación que es
Dios mismo: Cristo.
Huelga
decir que todo lo anterior no es posible sin la existencia de una
Tradición, un depósito de Fe, Doctrina y Liturgia que
se va pasando de generación en generación y que es
inalterable. Esa Fe requiere asunciones básicas que llamamos
Dogmas y que los católicos hemos de creer si queremos seguir
siendo católicos. El Dogma es inmutable. Como lo es la Fe.
Otra cosa es que se pueda hacer más claro y visible algo de la
Doctrina que estaba implícito. Por ejemplo, la proclamación
del Dogma de la Inmaculada Concepción es del siglo XIX, pero
se tiene constancia de que el pueblo cristiano celebraba esta Fiesta
desde el siglo III. Quizás uno de los autores más
clarividentes sobre este particular, y de formidable exposición,
es el Padre Juan González Arintero, O.P., quien en sus tres
tomos titulados Desenvolvimiento y Vitalidad de la Iglesia, e
incluso en su obra Evolución Mística, explica
cómo el desarrollo de la doctrina es orgánico pero ni
introduce novedades ni –menos aún- contradicciones.
La
mejor expresión del dictum bíblico de “una sola Fe y
un solo Pastor” es la Misa codificada por San Pío V. Si bien
es cierto que hay varios ritos católicos, estos siempre
compartieron tres aspectos nucleares que son de Tradición:
Canon, Ofertorio y Consagración. Sobre esta base se fueron
haciendo aposiciones a lo largo de los siglos, porque la Tradición
no es inmovilismo, sino progreso sensato, cierto, cabal y orgánico.
El Canon Romano codificaba –incluso respetando venerables liturgias
como la hispanovisigótica, mal llamada mozárabe, o la
bracariense o los no pocos ritos católicos orientales- esta
sola Fe. San Pío V incluso acepta que la Misa pueda tener
aditamentos futuros, como es el caso de las oraciones a San Miguel a
la grada del Altar instituídas por León XIII. “Anatema
sit”, proclama contra aquellos que quieran cambiar lo codificado.
No se acepta la modificación del Canon de la Santa Misa, que
el Papa Santo de feliz memoria sella en un momento cuando los
enemigos de Dios y de la Iglesia inician su marea alta.
En el
orden cristiano resulta así que es la Tradición la que
nos liga directamente a los tiempos apostólicos y a Nuestro
Señor mismo. Porque si Cristo instituyó una sola
Iglesia, la Católica, no es menos cierto que le dio el poder
de atar cosas en los Cielos. Y la Tradición implica el respeto
a lo pasado, la imposibilidad de ruptura. Si San Pío V
codificó la Misa, no hay poder humano ni angélico capaz
de modificar la afirmación dogmática de San Pío
V. Nadie, ni el Santo Padre mismo, puede modificar los Dogmas
anteriormente declarados. La Tradición es, parafraseando a
Chesterton, “la democracia de los muertos”. Y como la Iglesia
tiene tres partes (la Militante, la Purgante y la Triunfante), no
tenemos derecho a violentar la conexión transtemporal que nos
une con los que viven en el más allá. “Democracia de
los muertos” que tiene un eje en Cristo, ergo teocéntrico.
Frente
a esto el modernista pretende que los principios, incluso los Dogmas,
han de adaptarse al viento de los tiempos, al Zeitgeist. El
modernismo –al que San Pío X llamó “cloaca de todas
las herejías”- consigue así vaciar de contenido la Fe
al vaciar de contenido los Dogmas. Como entre la Fe y la Liturgia
existe, ha de existir, una íntima conexión, el
modernismo ha conseguido que la Liturgia católica de hoy sea
múltiple, caótica, mudable y fea. Reflejo mismo de la
doctrina que la inspira.
En
el modernismo no hay hierba bajo los pies, porque ésta puede
ser segada en cualquier momento. En el modernismo el eje,
desquiciado, se vuelve antropocéntrico. Es por tanto el
modernismo
Y
un apunte final sobre un especimen tibio que por ahí pulula:
el conservador. A menudo le designan, también, como “línea
media”. El conservador no es un defensor de la Tradición. El
conservador es un hombre que habiendo asumido algunos presupuestos de
la Revolución rechaza otros. El conservador quiere congelar a
la Revolución en algún momento de su interés y/o
conveniencia. Pretende conservar algunos retazos del orden
tradicional en el mejor de los casos, a menudo retazos ya vaciados de
contenido y significado. El conservador –a diferencia del
tradicionalista- sí es inmovilista, aunque muy a su pesar
tenga que surfear la ola de la Revolución casi de continuo. De
ahí su camaleónico disfraz.
En
términos eclesiásticos el progresista sería un
antropocentrista de alta velocidad y el conservador un
antropocentrista de bajo perfil. Pero antropocentristas ambos.
Ni
los rupturistas abiertos –los modernistas- ni aquellos rupturistas
mediopensionistas –los conservadores- tienen cabida en la Iglesia
de Cristo. Porque la Esposa Mística de Nuestro Señor no
admite ni ambages ni componendas. Esa Esposa Mística es
intemporal y hasta en su cristalización en los tiempos hunde
sus raíces hasta en la primera Revelación a nuestros
primeros padres. A esa Esposa Mística de Cristo sólo se
la puede comprender, entender y amar desde la Tradición.
¿Acaso
no se lee en el Catecismo que los pilares de autoridad son tres:
Sagradas Escrituras, Patrística y Tradición? Es más,
¿no es acaso la Tradición la que conecta todo?
No en vano
Don Juan Vázquez de Mella afirmaba que lo que diferencia al
hombre del animal es el tradicionalismo. Este último carece de
ello.
Pues eso.
(O texto de Rafael Castela Santos é nesta edição inicialmente publicado na língua orginal. A habitual tradução estará disponível tão cedo quanto possível. Ao Autor e aos seus leitores apresentamos, pelo atraso, as nossas desculpas.) |