Ano II - Nº 10, Novembro/Dezembro de 2007
Alameda Digital
Restauração revisitada, por Mário Casa-Nova Martins

CRÓNICAS DE UM LUSITANO INTERIOR NA ÁLBION
Tradición y modernismo en la Iglesia

por Rafael Castela Santos

La misma esencia de la Iglesia reclama que no haya solución de continuidad entre Jesucristo, Nuestro Señor y Salvador, y nuestros días. Así pues aquellos que se autodenominan “cristianos”, pero que rompieron esa continuidad, no pueden ser parte de la Iglesia. Ni luteranos, ni calvinistas, ni metodistas ni cualesquiera sectas protestantes son partes de la Iglesia, por más que ellos reclamen serlo.

La Iglesia Católica no sólo tiene 2000 años de existencia real y efectiva. De hecho tiene 6000 porque todas las Profecías veterotestamentarias se cumplen en Cristo. Todo el judaísmo está abocado hacia Cristo, lo quieran reconocer los judíos o no. De facto el judaísmo moderno para poder sobrevivir tiene que beber mucho más en el Talmud que en el Pentateuco. Talmud, no olvidemos, que es posterior a Cristo. Como muchos teólogos han reconocido a lo largo de la historia el nuevo y vero Israel –el pueblo escogido- es la Iglesia Católica. En un maravilloso libro titulado How Jesus Christ said the First Mass se explica cómo la institución de la Eucaristía y de la Santa Misa en la Ultima Cena hunde sus raíces profundamente en la Historia Sagrada del Antiguo Testamento. Muchos acontecimientos pretéritos no son sino prefiguraciones de la tercera y definitiva Revelación que es Dios mismo: Cristo.

Huelga decir que todo lo anterior no es posible sin la existencia de una Tradición, un depósito de Fe, Doctrina y Liturgia que se va pasando de generación en generación y que es inalterable. Esa Fe requiere asunciones básicas que llamamos Dogmas y que los católicos hemos de creer si queremos seguir siendo católicos. El Dogma es inmutable. Como lo es la Fe. Otra cosa es que se pueda hacer más claro y visible algo de la Doctrina que estaba implícito. Por ejemplo, la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción es del siglo XIX, pero se tiene constancia de que el pueblo cristiano celebraba esta Fiesta desde el siglo III. Quizás uno de los autores más clarividentes sobre este particular, y de formidable exposición, es el Padre Juan González Arintero, O.P., quien en sus tres tomos titulados Desenvolvimiento y Vitalidad de la Iglesia, e incluso en su obra Evolución Mística, explica cómo el desarrollo de la doctrina es orgánico pero ni introduce novedades ni –menos aún- contradicciones.

La mejor expresión del dictum bíblico de “una sola Fe y un solo Pastor” es la Misa codificada por San Pío V. Si bien es cierto que hay varios ritos católicos, estos siempre compartieron tres aspectos nucleares que son de Tradición: Canon, Ofertorio y Consagración. Sobre esta base se fueron haciendo aposiciones a lo largo de los siglos, porque la Tradición no es inmovilismo, sino progreso sensato, cierto, cabal y orgánico. El Canon Romano codificaba –incluso respetando venerables liturgias como la hispanovisigótica, mal llamada mozárabe, o la bracariense o los no pocos ritos católicos orientales- esta sola Fe. San Pío V incluso acepta que la Misa pueda tener aditamentos futuros, como es el caso de las oraciones a San Miguel a la grada del Altar instituídas por León XIII. “Anatema sit”, proclama contra aquellos que quieran cambiar lo codificado. No se acepta la modificación del Canon de la Santa Misa, que el Papa Santo de feliz memoria sella en un momento cuando los enemigos de Dios y de la Iglesia inician su marea alta.

En el orden cristiano resulta así que es la Tradición la que nos liga directamente a los tiempos apostólicos y a Nuestro Señor mismo. Porque si Cristo instituyó una sola Iglesia, la Católica, no es menos cierto que le dio el poder de atar cosas en los Cielos. Y la Tradición implica el respeto a lo pasado, la imposibilidad de ruptura. Si San Pío V codificó la Misa, no hay poder humano ni angélico capaz de modificar la afirmación dogmática de San Pío V. Nadie, ni el Santo Padre mismo, puede modificar los Dogmas anteriormente declarados. La Tradición es, parafraseando a Chesterton, “la democracia de los muertos”. Y como la Iglesia tiene tres partes (la Militante, la Purgante y la Triunfante), no tenemos derecho a violentar la conexión transtemporal que nos une con los que viven en el más allá. “Democracia de los muertos” que tiene un eje en Cristo, ergo teocéntrico.

Frente a esto el modernista pretende que los principios, incluso los Dogmas, han de adaptarse al viento de los tiempos, al Zeitgeist. El modernismo –al que San Pío X llamó “cloaca de todas las herejías”- consigue así vaciar de contenido la Fe al vaciar de contenido los Dogmas. Como entre la Fe y la Liturgia existe, ha de existir, una íntima conexión, el modernismo ha conseguido que la Liturgia católica de hoy sea múltiple, caótica, mudable y fea. Reflejo mismo de la doctrina que la inspira.

En el modernismo no hay hierba bajo los pies, porque ésta puede ser segada en cualquier momento. En el modernismo el eje, desquiciado, se vuelve antropocéntrico. Es por tanto el modernismo

Y un apunte final sobre un especimen tibio que por ahí pulula: el conservador. A menudo le designan, también, como “línea media”. El conservador no es un defensor de la Tradición. El conservador es un hombre que habiendo asumido algunos presupuestos de la Revolución rechaza otros. El conservador quiere congelar a la Revolución en algún momento de su interés y/o conveniencia. Pretende conservar algunos retazos del orden tradicional en el mejor de los casos, a menudo retazos ya vaciados de contenido y significado. El conservador –a diferencia del tradicionalista- sí es inmovilista, aunque muy a su pesar tenga que surfear la ola de la Revolución casi de continuo. De ahí su camaleónico disfraz.

En términos eclesiásticos el progresista sería un antropocentrista de alta velocidad y el conservador un antropocentrista de bajo perfil. Pero antropocentristas ambos.

Ni los rupturistas abiertos –los modernistas- ni aquellos rupturistas mediopensionistas –los conservadores- tienen cabida en la Iglesia de Cristo. Porque la Esposa Mística de Nuestro Señor no admite ni ambages ni componendas. Esa Esposa Mística es intemporal y hasta en su cristalización en los tiempos hunde sus raíces hasta en la primera Revelación a nuestros primeros padres. A esa Esposa Mística de Cristo sólo se la puede comprender, entender y amar desde la Tradición.

¿Acaso no se lee en el Catecismo que los pilares de autoridad son tres: Sagradas Escrituras, Patrística y Tradición? Es más, ¿no es acaso la Tradición la que conecta todo?

No en vano Don Juan Vázquez de Mella afirmaba que lo que diferencia al hombre del animal es el tradicionalismo. Este último carece de ello.

Pues eso.

 

(O texto de Rafael Castela Santos é nesta edição inicialmente publicado na língua orginal. A habitual tradução estará disponível tão cedo quanto possível. Ao Autor e aos seus leitores apresentamos, pelo atraso, as nossas desculpas.)

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