CRÓNICAS DE UM LUSITANO INTERIOR NA ÁLBION
Ideología, revolución
y post-revolución: el ejemplo británico
por Rafael
Castela Santos
(O texto de Rafael Castela Santos é nesta edição inicialmente publicado na língua orginal. A habitual tradução estará disponível tão cedo quanto possível. Ao Autor e aos seus leitores apresentamos, pelo atraso, as nossas desculpas.)
Introducción
Por
ideología entiéndase un sistema de ideas apriorístico,
basado en el deseo, voluntad o la razón descastada de la
realidad. Ese sistema puede carecer de cohesividad y lógica
interna y estar fundamentado en leit-motivs que no resisten el
contacto con la realidad.
La
teleología de la ideología es la voluntad de poder,
generalmente de un poder omnímodo.
Pedigrí ideológico y
desprecio de la realidad:
Para
el propósito de este artículo baste decir que la
ideología, como tal se entiende modernamente, arranca de la
división de res cogitans y res extensa preconizada por Descartes. La ideología no es más que
un sistema de ideas apriorístico que intenta explicar la
realidad. Es la primacía del subjetivismo y de la res
cogitans.
Es, en
definitiva, el desprecio a la filosofía aristotélico-tomista
y al realismo moderado que ésta lleva aparejado. Frente al que
acepta la realidad objetiva y externa y adecua la mente a tal
realidad, el verdadero ideólogo trata de encajar –más
bien de forzar- la realidad en el molde de vía estrecha
apriorística que las miasmas deletéreas de la sinrazón
de la razón, si no las pasiones más bajas, han generado
y al que conocemos con el nombre de ideología.
El
problema de la ideología es, en buena parte, el problema de la
revolución. Toda ideología propende a la revolución
y toda revolución se asienta en una ideología. Bodino
aniquila el organicismo social y lo reemplaza por un orden mecánico
y neutralizado. Una especie de simetría social que cuadra mal
con la variedad y complejidad de la realidad social.
Grocio
lamina el tomismo en lo jurídico y es en este terreno
erosionado donde un Hobbes implanta la ideología férrea
y tiránica del volitivismo: La voluntad dictando a la razón
en vez de lo contrario. Lo opuesto del realismo moderado tomista.
Sin estos
antecedentes no se entiende la ideología.
La ideología es arracional,
pasional y gnóstica
Simplificando
quizás en exceso sirvan como ejemplos de ideologías
primadas por la “razón” la Revolución Francesa o la
izquierda en general y el comunismo en particular alentadas por un
afán primordial de envidia igualitaria, como ya estudiara el
politólogo y filósofo español Gonzalo Fernández
de la Mora.
A
más abundar, uno debería decir que existe un influjo de
corte religioso en toda ideología. Es Eric Voegelin quien
demostró el impulso esencialmente gnóstico que
caracteriza a la revolución, encarnación primordial de
la ideología. Basábase Voegelin en el estudio de la
revolución arquetípica, que era la revolución
protestante inglesa encabezada por Cronwell, y en cuyo ideario
estaban implícitas todos los saltos cuánticos de la
Revolución, que en rigor es un continuum: Renacimiento,
Reforma, Revolución Francesa y comunismo.
Queda por
demostrar si la quinta y última fase de la Revolución,
aquella que habrá de instaurar un orden esencialmente
luciférico, estaba también implícita en la
tiranía presbiteriana, pero es más que posible.
Sea como
fuere la ideología es el combustible que azuza la Revolución.
Hay una ideología más
peligrosa que el comunismo mismo
De ahí
al adagio hegeliano “todo lo real es racional y todo lo racional es
real” no hace falta mucho recorrido. Si la izquierda hegeliana, con
Feuerbach y Marx a la cabeza, quintaesencian la ideología par
excellence de la historia, el comunismo (“penúltima”
ideología según la agudísima apreciación
del Padre Leonardo Castellani), es Antonio Gramsci quien la sublima.
En esa pinza entre el nihilismo y el gramscianismo es donde se ha de
producir la última ideología, la del Anticristo; una
ideología firmemente asentada en el ultracapitalismo en lo
económico, el liberalismo en lo político, el
sentimentalismo en lo filosófico y el modernismo en lo
religioso.
Volviendo
a Hegel habrá que recordar lo obvio: que lo real está
ahí y no es manipulable a priori.
El trípode ideológico
revolucionario-francés procede de la subversión de lo
cristiano
La
Revolución, verdadera hija predilecta de Satanás, no
puede hacer más que invertir los conceptos generados por
Cristo y su Iglesia y posteriormente enmarcados en el molde de la
filosofía helénica por San Pablo, tarea continuada por
los Santos Padres. Es de rigor el insistir el tomar la Revolución
como un todo, pero para ilustrar esto sirva centrarse sobre la
Revolución Francesa.
El lema
revolucionario-francés “libertad, igualdad, fraternidad”
procede del vaciamiento y, luego, eventual perversión de
conceptos cristianos.
Del libre
albedrío a la libertad hay un camino. Este trecho se recorre
pasando de un libre albedrío orientado hacia el bien hasta una
libertad donde el mal y el bien son puestos al mismo nivel,
garantizado idéntico status filosófico, el bien
rebajado a categoría de opinión y donde la libertad
acaba por ser, meramente, una libertad para pecar.
De la
igualdad ontológica ante Dios, con idénticas
responsabilidades para todos prescritas por el Decálogo, con
idéntica llamada a la visión beatífica, en una
Iglesia Triunfante donde –al igual que en la Iglesia Purgante y en
la Militante y hasta en el orden angélico mismo- existen
jerarquías, se pasa a una igualdad entrópica y
homogénea que niega el principio básico de la ley
natural (reflejo de la ley divina) de la estratificación de
los grupos sociales manteniendo la igualdad ante la ley. Resumiendo:
de la igualdad en el orden se pasa a una igualdad en el desorden. Es
lógico que esta última pues devenga en desigualdad.
De la
caridad hacia el prójimo, que busca primordialmente el bien e
incluso el bien máximo (la salvación del alma), ergo
inspirada esta caridad horizontal por esa otra caridad vertical –el
amor a Dios- mucho más importante y esencial, se pasa a un
horizontalismo inmanente que descarta toda trascendencia. Una
fraternidad que apenas alcanza a una filantropía que, encima,
a menudo niega la ineluctable tendencia del ser humano hacia el mal.
La moderna sociedad británica:
un ejemplo requintado de sociedad ideologizadamente
post-revolucionaria
En
tiempos de Burke éste se felicitaba de que los vapores tóxicos
de la Revolución Francesa, posteriormente exportados por el
imperialismo napoleónico, no hubieran afectado a las islas
británicas. Cabría explicar que la intrahistoria
explica que la Revolución Francesa fue gestada en Londres,
como atestiguan los pasados y los escritos de ilustrados y
revolucionarios ilustres, y que Inglaterra ya había sufrido su
particular revolución, a manos de los roundheads,
verdaderos antecesores de los sans-coulottes.
Cierto,
sin embargo, que a pesar de la hipócrita pseudomoral
victoriana quedó en Inglaterra un aire prerrevolucionario e
incluso preindustrial que hacían de esta isla algo peculiar en
la historia moderna europea. Empero la tenaza configurada por el
laborismo británico (dignos descendientes de los precomunistas diggers y levellers de la Revolución de
Cronwell) y su hegemonía cultural desde la postguerra luego
amplificada por el Mayo del 68, y la managerial culture implantada manu militari por Margaret Thatcher han configurado a día
de hoy una Gran Bretaña que cae dentro de los parámetros
de la Revolución Francesa. El ciclo, pues, se ha completado.
De la combinación de ese pensamiento siniestro, o sea,
izquierdista, y el liberalismo que rinde culto al materialismo más
ramplón se derivan las siguientes consecuencias:
Falsa
libertad. Una sociedad sin frenos morales y éticos donde la
impureza y las aberraciones sexuales son toleradas, consentidas y
alentadas hasta extremos a veces inenarrables, como por ejemplo el
porcentaje de clases de educación sexual en la escuela pública
impartidos por organizaciones homosexuales o por ejemplo las tasas de
abuso sexual a menores tan enormes. Una sociedad pionera en el aborto
y donde esto ya ni siquiera se cuestiona. De otro lado se trata de
una sociedad enormemente hedonista y en virtud de este hedonismo todo
vale. La única ley verdadera es la que impide la restricción
moral y ética, y ojo de quien se atreva a cuestionar la
ideología obligatoria del relativismo y el desprecio a Dios.
Falsa
igualdad. Aparte de ser el supermercado y las soap-operas los
verdaderos niveladores sociales británicos, la ideología
multiculturalista dominante están configurando una sociedad
desvertebrada e igualada en el caos con desprecio absoluto de la
realidad. Independientemente de los hechos, que cantan a las claras
que hay minorías que no son asimilables, como la musulmana y
–en general- las minorías no europeizadas previamente, el
poder ubicuo insiste en descastar cualquier afirmación de
identidad y de historia británicas, llegando a destruir la
identidad de los propios británicos en nombre del
multiculturalismo con desprecio absoluto de la realidad. La
incongruencia se agrava al considerar que la sociedad británica
pierde en justicia social e igualdad. Aquí el clásico
abismo entre la clase poderosa y que verdaderamente controla el país
y el pueblo llano no hace sino agrandarse.
Falsa
fraternidad. En Gran Bretaña proliferan como hongos las
organizaciones no gubernamentales y “caridades” de distinto cuño.
Salvo unas pocas y honrosas excepciones la mayor parte de ellas,
incluso las dependientes de ciertas iglesias cristianas, carecen de
cualquier afirmación trascendente del ser humano preconizando
así una filantropía que tiene más que ver con la
ideología masónica que con la caridad cristiana. En
paralelo a este componente de la falsa fraternidad se han perdido
todos los lazos normales de caridad, que en situaciones normales
comienza y se asienta en la familia nuclear y en la familia
extendida, y los descastados sociales no tienen más red de
protección que la proporcionada de manera fría y poco
fraternal (puede que sí efectiva) por los servicios sociales.
La ideología de la (falsa) fraternidad tiene su contrapunto en
una sociedad donde el capital de soledad es creciente.
Preguntas a modo de conclusiones
¿Son
el resto de sociedades europeas, de facto, muy distintas de la
sociedad británica?
¿La
carga ideológica sufrida por la sociedad británica es
disimilar a la sufrida por el resto de las sociedades europeas?
¿Acaso
habremos llegado todos a un estadio post-revolucionario caracterizado
por un núcleo de ideologías difusas que preceden y
anticipan la última revolución arriba señalada?
¿Es
la falta de principios y de un referente ético/moral externo
común no ideológico u ideologizado y aceptado por todos
compatible con la vida en común?
¿Es
posible una organicidad de la sociedad basada en una ideología
mezcla de empiricismo, utilitarismo y nihilismo? |